Este libro se puede leer en muchos niveles. Uno de ellos puede no ser muy obvio para aquellos que están acostumbrados a leer sobre violencia e inseguridad en América Latina. Es el nivel que le da a este libro un estatus de originalidad y una contribución que va más allá de la región: el ser una forma de conocimiento destinada no solo a interpretar el mundo, sino a cambiarlo (¡para citar rápidamente a un famoso pensador del siglo xix!). En general, este texto visibiliza la importancia de un proceso de investigación ajustado al tipo de conocimiento que produce. Aquí se conectan el proceso y el resultado, lo que debería propiciar un debate más amplio con respecto a cómo y qué sabemos de la naturaleza de la violencia y la agencia social para reducirla, no solo en América Latina y el Caribe, sino en otras regiones del mundo en donde la violencia es crónica. Esta visión es particularmente relevante en contextos donde el Estado reproduce la violencia, con terribles impactos, en especial en periferias excluidas. La violencia se experimenta con mayor intensidad entre los pobres, pero, como lo muestra este libro, ellos también deben ser parte de la solución. El problema radica en que las lógicas económicas, políticas y sociales son casi imposibles de combatir para las personas que viven estas realidades, pues los poderosos y los ricos condicionan estas lógicas por medio tanto de sus acciones como de sus inacciones. Al centrarse en un proceso de investigación que incluye a las comunidades más vulnerables que viven las violencias y las criminalidades que suceden todos los días, y al valorar su conocimiento y experiencia, se hace evidente su capacidad de actuar y de suscitar cambios. Este es el mensaje central que les deja este libro a otras regiones del mundo.
Este prólogo se ocupa, primero, del amplio significado de este proceso de investigación y, luego, de los desafíos y los hallazgos empíricos, epistemológicos y metodológicos clave que se discuten en detalle a lo largo del libro.