Pocas cosas impactan más en la vida de un niño o niña que la violencia infantil: aunque en apariencia invisible, se trata de un fenómeno que afecta a millones de niños y niñas en todo el mundo y que ha aumentado desde la llegada de la pandemina según todas las evidencias. Atender a la víctima es llegar demasiado tarde: es necesario crear entornos seguros protectores que dificulten o imposibiliten los casos de violencia, abusos o maltrato contra la infancia.
¿Cómo hacerlo en esta situación de crisis sanitarias? ¿Qué podemos aprender de las experiencias de otras emergencias? Son algunos de los temas abordados en el taller online de creación de entornos protectores y prevención de la violencia contra la infancia, impartido por el psicólogo de Espirales Consultoria de infancia F. Javier Romeo Biedma y por Patricia Landínez, especialista en protección en UNICEF.
En España, el pasado mes de junio el Gobierno dio un paso importante al aprobar el Proyecto de Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia. Esperamos que este cambio de marco normativo mejore la prevención y atención de los casos de violencia y abuso contra la infancia, un proceso en el que intervienen diferentes actores, entre ellos los gobiernos locales quienes tienen un papel clave, al ser el entorno más cercano a los niños, niñas y adolescentes, en su protección, como ha recordado Romeo Biedma.
La violencia contra la infancia: qué es y de qué formas puede darse
Para entender a qué fenómeno nos enfrentamos, Romeo Biedma ofrece una definición de qué es la violencia: es aquello que causa un daño unido a un mal uso del poder (o abuso de poder) y que se puede ejercer de distintas formas: física, psicológica, sexual y por medio de la negligencia. El maltrato, por su parte, es un tipo específico de violencia caracterizado por su intensidad y su duración. Es cierto que algunas prácticas son algo más difíciles de catalogar como abuso: ¿es la sobreprotección un tipo de violencia? Para Romeo Biedma, sí lo es.
Los niños, niñas y adolescentes pueden estar expuestos a violencia de muchos tipos: entre ellos, la violencia entre iguales (el caso más común sería el acoso escolar), la violencia de género (ya sea en los casos de hijos e hijas de mujeres víctima como entre parejas adolescentes), la violencia en el deporte o en las TIC (a través de prácticas como el ciberacoso, el sexting o el grooming) o la violencia sexual, un tipo especialmente nocivo de agresión, afecta a uno de cada cinco niños y niñas, de los cuales, de acuerdo a Finkelhor (2005), entre un 78 y 89% son niñas. Y un caso que preocupa en los últimos tiempos es el de la violencia ejercida contra los niños y niñas migrantes no acompañados, un colectivo especialmente vulnerable cuyos derechos se ven comprometidos “no solo en sus países de origen sino cuando llegan aquí”, ha dicho Romeo Biedma, quien por cierto es uno de los autores del informe “Más allá de la supervivencia”, sobre cómo mejorar la intervención con estos chicos y chicas que quedan fuera del sistema de protección.
La violencia infantil en contextos de emergencias como la actual pandemia
La situación de crisis sanitaria mundial, así como las restricciones y cuarentenas impuestas en los países para tratar de paliarla, no han hecho más que empeorar este panorama: en España, la Fundación ANAR de ayuda a niños y adolescentes en situación de riesgo alertó de que durante la cuarentena aumentaron las peticiones de ayuda debido a violencia y desprotección de niños y niñas. “En un entorno supuestamente seguro se produce más violencia que nunca: de cada cinco casos atendidos, dos fueron por violencia”, explicaron en su página web.
La experta en protección de infancia Patricia Landínez ha dejado claro durante su intervención que “la violencia siempre aumenta en cualquier emergencia”. “Lo que sabemos por nuestra experiencia del trabajo de UNICEF en Emergencias, es que siempre cualquier tipo de crisis o emergencia causada por conflictos, desastres naturales, etc., presenta nuevos riesgos y amenazas que no existían antes de la emergencia, además de agudizar las amenazas que ya existían”, ha explicado. “Se debilitan las estructuras de protección, tanto formales como informales. En caso de un terremoto, los niños y niñas no tienen acceso a las escuelas, pero tampoco a un club juvenil, al grupo de deporte del barrio… Están aún más expuestos”.
Landínez ha añadido que, en estos casos de emergencias, los servicios de protección están también afectados, lo cual complica aún más todo: “Todos estos factores hacen que los niños, niñas y adolescentes sean desproporcionadamente los más afectados por el impacto de los desastres y las crisis”.
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