Era una mañana del año 2010, desperté con una vitalidad que movilizó mi Ser con la firme convicción de cambiar el mundo; no entendía cómo ni dónde, pero precisamente esa mañana comencé a transformarme, a evolucionar. La determinación y búsqueda me llevó a Amatlán, Veracruz (México) en donde unas señoras a quienes llaman “Las Patronas” cada día del año, y me refiero a todos y cada uno de los días del año, voluntariamente dan alimento, ropa y bebida a los migrantes en su paso por el tren. Pasaron unas cuantas horas de escucharlas con atención relatar sus experiencias de vida y su inicio por el camino de apoyo al migrante; sus ojos se cristalizaban al contarme sus primeros encuentros con “La Bestia” que recorre México y transporta a los migrantes colgados de los techos de sus fríos vagones.
Iniciaba el atardecer cuando una de ellas hace silencio con una mirada profunda y levantando su oído izquierdo, comienza a gritar: “¡El tren, ya viene el tren!” Todas las presentes comenzamos a tomar las bolsas de comida y botellas de agua, corriendo llegamos a un lado de las vías del tren, Las Patronas se encontraban en posición y yo, de pie a unos centímetros de las vías, con el sonido del tren anunciando su llegada al punto de entrega aunque sin intención de hacer parada, como si de un juego se tratara, extendí mi mano para entregar las primeras bolsas. Unas cuantas se me cayeron, muchas otras no logré completar la entrega, otras cuantas aventé a los vagones y techos, una más se entrelazó en mis dedos y casi caigo debajo de los rieles del tren. “¡Gracias madre!, gritaban unos cuerpos sin rostro que pudiera perpetuar en milésimas de segundos mientras transitaba La Bestia.
No más de un minuto transcurrió todo ese momento hasta que dejamos de percibir el tren a la distancia. Continué detenida a unos centímetros de las vías, mientras los cuerpos, sonidos y voces retumbaban compilados en mi mente y cuerpo haciéndome sentir emociones inexplicables por minutos interminables. Fue como si el tren pasara encima de mí y reventara una burbuja en la cual no sabía que habitaba.
Al llegar la noche, después de beber un buen café veracruzano y de digerir aquél atropello de momentos, comprendí con detalle que para cambiar al mundo no hace falta más que la voluntad diaria de tener el corazón bien abierto para transformar positivamente el momento de la vida de alguien, y así, impactando en sus momentos cambiamos vidas y cambiando vidas… cambiamos al mundo.
Mira de cerca y mantente despierta